Psicociencia en la literatura fantástica
Hace un tiempo, rebuscando en mi biblioteca algo que leer, decidí rescatar un desgastado ejemplar del Frankenstein de Mary Shelley. Mientras lo releía, pensaba en que más que un experimento fallido el monstruo es una representación de la obsesión, de la soledad que carcome el alma. Da la impresión que Mary Shelly trataba de dar respuesta a una pregunta eterna: ¿Qué nos define como seres conscientes? Caí entonces en la cuenta de que, bastante antes de que existiera la psicología moderna, los autores del XIX y principios del XX ya estaban interesados en el funcionamiento de la mente e parece que ya intentaban trazar un mapa de sus oscuros recovecos a través de lo fantástico.
Aquí hace su aparición una nueva corriente científica, pero también literaria: la psicociencia, un campo interdisciplinario que combina la psicología y metodologías científicas para estudiar la mente, el comportamiento y los procesos del pensamiento. La psicociencia integra conocimientos de neurociencia, biología, sociología y ciencias cognitivas, utilizando enfoques empíricos y basados en evidencia para analizar emociones, pensamientos y conductas. Su objetivo es generar aplicaciones prácticas, como mejorar la salud mental, optimizar estrategias educativas, diseñar políticas públicas o impulsar innovaciones tecnológicas, siempre respaldado por rigurosidad metodológica para evitar especulaciones no verificables. En esencia, busca comprender y explicar cómo funcionamos, desde un marco científico sólido. Estas nuevas teorías fueron, como digo, aplicadas a la literatura del siglo XIX y principios del XX. Y de que forma.
Pensemos en Edgar Allan Poe, maestro indiscutible del terror gótico. En cuentos como El corazón del delator o La caída de la casa Usher, no encontraremos fantasmas ni criaturas extrañas por ningún lado, sino mentes que se despedazan. La culpa, la paranoia y la obsesión son los verdaderos monstruos. Se podrías decir de Poe que fue un pionero de la psicología freudiana. Usaba lo sobrenatural para hablar de lo que hoy llamaríamos «traumas reprimidos» o «neurosis». ¿No es acaso el sótano oscuro de Usher una metáfora de un inconsciente a punto de colapsar?
También tenemos a Robert Louis Stevenson con El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. ¿De qué va realmente esa historia? No, no es solo un hombre que se transforma en una bestia. Más bien es un acercamiento brutal a la dualidad humana. Stevenson escribió en una época en que, mientras la ciencia empezaba a estudiar el cerebro, la sociedad victoriana pretendía esconder sus bajos instintos y mantenerlos bajo llave. Hyde no es un demonio externo: es la parte de nosotros que odiamos y que todos tememos liberar.
Y no es posible olvidar a Bram Stoker y su inmortal Drácula. Más allá de vampiros y ajos, la novela es un festín de pulsiones reprimidas: el conde es la sexualidad peligrosa Lucy Westenra la mujer que desea demasiado en una sociedad que la asfixia, y Van Helsing, el racionalista que se enfrenta a lo que no puede explicar. Stoker, jugaba a dos bandas con el miedo a lo desconocido, pero también con el terror a lo que llevamos dentro.
Incluso autores como H.G. Wells, en La isla del Dr. Moreau, usaban la ciencia ficción para preguntarse hasta dónde la manipulación de la naturaleza (y de la mente) podía destruirnos. Moreau no es un villano de laboratorio: es el espejo de la arrogancia humana, de la necesidad de controlar hasta lo incontrolable, como nuestros propios instintos.
Pero no hay nadie como los autores rusos para trazar los perfiles psicológicos. El siglo XIX ruso fue una época compleja de lucha entre la tradición y la modernización, que produjo un auge del misticismo y un debate sobre el alma rusa. En la literatura, lo fantástico no escapó a todo esto: sus personajes son retratos de una sociedad en transición. Lo irracional es un desafio al orden y la moral imperantes. Nikolái Gógol, en su cuento El capote, mezcló lo absurdo y lo fantástico para hablar de la identidad perdida. Su protagonista, Akaki Akákievich, es el funcionario humillado que se aferra a su abrigo como si fuera su alma, solo para terminar convertido en un fantasma… pero su «venganza» no es más que el grito de una psique destrozada por la opresión social.
H.P. Lovecraft levó esto al extremo a principios del siglo XX con sus relatos sobre horrores cósmicos. En La sombra sobre Innsmouth o La llamada de Cthulhu, la locura no es un efecto secundario, sino la consecuencia inevitable de enfrentarse a verdades que la mente no es capaz de soportar. Lovecraft, aunque desde una visión más pesimista, anticipó conceptos como el «terror existencial» o la fragilidad de la cordura frente a lo inconmensurable.
Estos autores no tenían manuales de psicología (Sigmund Freud publicó La interpretación de los sueños en 1899, casi al final del siglo), pero intuían que la fantasía y el terror son ventanas privilegiadas para entender nuestra naturaleza humana y nuestra frágil mente. Sus obras son como sesiones de psicoanálisis, pero envueltas en una niebla gótica y con criaturas de laboratorio o viajes al espacio. Incluso en épocas de corsés mentales y rígidas apariencias, la literatura fantástica fue un refugio para hablar de lo que nadie se atrevía a nombrar: nuestros miedos, deseos y esas grietas en el alma que ni la ciencia ni la razón podían cerrar.
Quien sí pudo conocer la obra de Freud fue la autora hispano-argentina Ángeles Vicente García. Su narrativa, entre lo onírico y lo psicológico, retrata la angustia de una mujer atrapada entre las expectativas sociales y sus propios deseos. No recurre a monstruos clásicos, tampoco lo necesita. Su prosa está cargada de un realismo aún más inquietante que ahonda en las opresiones silenciosas: la represión sexual, la identidad fragmentada y la locura como grito fallido de libertad. Vicente, con una sensibilidad cercana al modernismo decadente, usa símbolos (flores marchitas, espejos rotos, noches insomnes) para diseccionar la psique femenina en una época que intentaba encerrarla en muros físicos y mentales. ¿No es eso también fantasía oscura? El verdadero horror no está en lo sobrenatural, sino jaulas invisibles que la sociedad construye alrededor del alma.
La próxima vez que leas a un clásico, fíjate en lo que esconden sus silencios, en lo que no se dice directamente. Descubrirás que Drácula no era solo una criatura nocturna que se alimentaba de sangre, sino una metáfora de las ansias de libertad de una época… o que el monstruo de Frankenstein, en el fondo, solo quería que alguien le dijera: «Te entiendo».