Escritoras de terror del siglo XIX español

Escritoras de terror del siglo XIX español

¿Quién dijo que el terror en España era cosa de hombres? Vale, quizá nadie lo dijo exactamente así, pero si hojeas cualquier antología al uso, da la sensación de que el cuento de miedo patrio lo firmaban solo caballeros de bigote y levita. Pues no. Y esta es una de esas afirmaciones que se derrumban nada más empezar a rebuscar en hemerotecas y bibliotecas y descubrir a nuestras escritoras de terror.

Porque mientras el realismo se empeñaba en retratar salones decimonónicos, hubo mujeres que, al amparo de seudónimos, cuartos de costura y la precariedad más absoluta, estaban escribiendo sobre aparecidos, pactos con el diablo y casas que albergaban una rabia silenciosa. El problema es que la historia (que tiene muy mala memoria) decidió mirar hacia otro lado.

En Mitos Eternos creemos que para leer a estas autoras hay que ponerse las gafas adecuadas. Y es que nos hemos topado con auténticas maravillas: cuentos de horror cósmico que firmaría H.P. Lovecraft, casas encantadas que anticipan a Shirley Jackson y, sobre todo, una mirada femenina sobre lo extraño que resulta tan espeluznante como necesaria.

Así que preparaos una taza de algo caliente, o algo más fuerte, (según cómo esté el día), que vamos a adentrarnos en la cara oculta del fantástico español.

Las escritoras de terror español que fueron silenciadas

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Fernán Caballero o el arte de llevar el demonio al cortijo

Empecemos con la abuela del asunto: Cecilia Böhl de Faber (1796-1877), más conocida por todos como Fernán Caballero. Es recordada por sentar las bases de la novela realista española con obras como La gaviota.
Pero, si nos acercamos al detalle de su bibliografía, nos topamos con una faceta mucho más inquietante. Fernán Caballero fue una infatigable recopiladora de folklore andaluz, y en sus manos, las leyendas de aparecidos y ánimas en pena se convertían en verdadero folk horror.
En su recopilación de leyendas andaluzas, especialmente en relatos como La oreja de Lucifer, podemos descubrir a una autora que maneja el misterio con una sutileza pasmosa. Fuera por necesidad o por convicción, su obra más fantástica merece la pena ser revisada con calma.

Emilia Pardo Bazán: la condesa del suspense gótico

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) es un nombre imprescindible a mencionar. No me refiero, claro está, a la novelista naturalista de Los pazos de Ulloa. Hablo de la Emilia cuentista, la que publicó más de cuatrocientas narraciones breves en periódicos como El Imparcial o ABC, muchas de las cuales se movían en los terrenos procelosos del terror y lo fantástico.
Doña Emilia era una experta en generar climas de angustia profunda. En relatos como La resucitada o El mausoleo, se percibe la influencia de Edgar Allan Poe, pero filtro de la sensibilidad gallega hacia las cuestiones relacionadas con la muerte y el más allá. Son muchas sus incursiones en el género con cuentos de terror sobre vampiros, pactos infernales y cadáveres que se niegan a descansar, todo ello narrado con esa prosa tan suya capaz de pasar del costumbrismo a la pesadilla en un solo párrafo.

Carmen de Burgos, Colombine: la reportera de lo insólito

Carmen de Burgos (1867-1932), conocida como Colombine, fue la primera periodista profesional de España. Pero tuvo también una faceta literaria tan prolífica como variada, y en ella el terror y la ciencia ficción ocuparon un lugar mucho más importante de lo que se suele reconocer.
Sus obras analizan las claves de la identidad femenina a través de lo extraño y lo inexplicable. En sus cuentos breves, la angustia aparece como una ruptura silenciosa del orden burgués y el descubrimiento de lo insólito en lo cotidiano. Si crees que el terror clásico es cosa de caballeros victorianos, date una vuelta por su bibliografía y verás cómo cambias de opinión.

María de la O Lejárraga: la pluma en la sombra

El caso de María de la O Lejárraga (1874 1974) es uno de los más tristes e interesante de nuestra historia literaria. Durante décadas, su enorme producción teatral y narrativa se publicó bajo el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra, mientras él recibía el aplauso y los derechos de autor sin vergüenza ninguna.
¿Y qué escribía esta mujer en la intimidad de su exilio creativo? Pues cuentos de miedo, historias de suspense y narraciones fantásticas que respondían a la demanda de un público ansioso de ficción extraña. Lejárraga fue traductora, dramaturga, feminista y una prosista de primer nivel que supo manejar la tensión narrativa con soltura. Como anecdota, Disney llegó a plagiar uno de sus relatos que fue el verdadero origen de la película La dama y el vagabundo.

Gertrudis Gómez de Avellaneda: entre dos orillas

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), conocida como «Tula», vivió a caballo entre Cuba y España, cosechando elogios de Espronceda y Zorrilla. Se presentó como candidata a la Real Academia Española en 1845… y le fue denegada precisamente por su condición de mujer.

Además de su célebre novela antiesclavista Sab, Gertrudis incursionó en la literatura fantástica con leyendas y tradiciones que destilan un romanticismo oscuro muy particular. Sus relatos, poblados por espectros, aparecidos y paisajes oníricos, demuestran un impresionante dominio del género.

Amalia Domingo Soler: espiritismo y denuncia social

Amalia Domingo Soler (1835-1909) es una figura inclasificable. Escritora, periodista y espiritista declarada, esta mujer prácticamente ciega y sumida en la pobreza más absoluta encontró en el más allá una respuesta a sus inquietudes religiosas y una poderosa herramienta narrativa.
Dirigió la revista La luz del porvenir y publicó más de dos mil artículos relacionados con su doctrina. Sus cuentos de ultratumba, más que pretender asustar, son una defensa de la educación laica, la regeneración espiritual y el papel de la mujeres en una sociedad que las ninguneaba.

Ángeles Vicente García: el talento olvididado

Cerramos este repaso con una autora que nos toca muy de cerca: Ángeles Vicente García (1878-19??). Su libro de relatos Los buitres, publicado originalmente en 1908, es una curiosa mezcla de ciencia ficción, crítica social y terror temprano. En sus doce cuentos destaca la variedad y originalidad de unos temas que, todavía hoy, sorprenden por su modernidad.


El legado de Ángeles Vicente es de lo más interesante: Sus registro camaleónico la llevó a ser una de las pioneras de la literatura de ciencia ficción en castellano, escribió Zezé, la primera novela española con una protagonista abiertamente lesbiana, y es autora de relatos espiritistas y de terror como los recogidos en la antología Sombras: cuentos psíquicos. Fue una mujer adelantada a su época que se relacionó con autores destacados como Felipe Trigo o Miguel de Unamuno, con quien mantuvo una prolongada relación epistolar.

Escritoras de terror clásico español

Escribir terror siendo mujer en el XIX

Le hemos puesto cara y obra a unas autoras (hay muchas más por descubrir) que conviene preguntarse en qué condiciones escribian. El panorama no es para nada halagüeño.
Hubo escritoras de terror que recurrieron directamente al seudónimo masculino como única vía para que sus textos fueran tomados en serio por las élites literarias. Ahí tenemos el caso paradigmático de Fernán Caballero, cuyo nombre real quedó relegado a la sombra de su alter ego literario. Pero el caso más extremo fue, sin duda, el de María Lejárraga, que firmó cientos de obras con el nombre de su marido mientras él recibía el crédito, incluso después de haberse separado.

Por otra parte, el género fantástico estaba considerado un producto menor por los críticos de la época. Y si encima la autora era mujer, lo extraño se convertía en un capricho, una frivolidad que la alejaba de su supuesta vocación: la poesía lírica o los manuales de buena conducta. Como resultado de esta doble marginación se produjo un silencio bibliográfico que se ha prolongado hasta bien entrado el siglo XXI.

Además, la precariedad económica solía golpear con mayor crudeza a estas escritoras. Amalia Domingo Soler, afectada por una salud frágil y graves problemas oculares, trabajó como costurera para sobrevivir. El espiritismo, según confesó en alguna ocasión, no solo le dio una respuesta religiosa, sino que la alejó literalmente del suicidio.

Temas habituales

A pesar de todo, o quizá precisamente por ello, estas escritoras de terror encontraron en los relatos de fantasmas, y en el terror en general, un refugio para hablar de los problemas sociales.

La casa encantada se convertía a menudo en un trasunto del hogar burgués, ese espacio opresivo del que era imposible escapar. El fantasma podía ser el clásico aparecido de las leyendas, pero también una representación de lo reprimido, de la criada explotada, la esposa silenciada o la monja forzada a los hábitos.

El espiritismo, en las obras de Amalia Domingo Soler o Carmen de Burgos, se transformaba en una doctrina de regeneración espiritual que defendía la enseñanza laica y la igualdad de derechos. El «más allá» era una excusa para hablar de los problemas de su presente. Y cuando la crítica religiosa se cebaba con ellas, acusándolas de herejía, simplemente seguían escribiendo sabiendo que no tenían nada que perder.

¿Y el reconocimiento?

Todo este trabajo literario no pasó inadvertido en su época. Nada más lejos de la realidad. Emilia Pardo Bazán fue una celebridad en su tiempo. Carmen de Burgos, fue respetada como periodista dentro y fuera de nuestras fronteras.
Pero el reconocimiento crítico específico por su labor como escritoras de terror no llegó hasta décadas más tarde con la revisión de su obra por parte de editores e investigadores. Hasta entonces la crítica que alababa su producción realista o social, ignoró sus incursiones en lo fantástico.

Una tradición compartida

Este fenómeno no fue exclusivo de España. En toda Europa y América, las escritoras del siglo XIX usaron el terror como vehículo de expresión crítico. Mary Shelley, Ann Radcliffe, Charlotte Riddell o Vernon Lee y otras autoras victorianas recurrieron a la casa encantada, el doppelgänger y las ruinas góticas para hablar de conflictos domésticos y psicológicos.
Nuestras autoras sencillamente absorbieron esa tradición, pero la adaptaron a su realidad inmediata: la casa solariega gallega de Pardo Bazán, las leyendas andaluzas de Fernán Caballero, el espiritismo regeneracionista de Amalia Domingo Soler. Todas contribuyeron a dar continuidad a nuestra tradición literaria del miedo en clave femenina, que podemos remontar a la labor iniciada por María de Zayas o María Rosa Gálvez en el siglo XVIII.

¿Por dónde empezar?

Si después de este repaso te has quedado con ganas de más, aquí van algunas de nuestras recomendaciones para adentrarse en el fantástico femenino del XIX:

Para empezar con suavidad una puerta ideal son los cuentos goticistas de Emilia Pardo Bazán.
Si buscas rareza e innovación, prueba con Los buitres de Ángeles Vicente García. Doce cuentos que transitan por la ciencia ficción, el terror y la crítica social con total libertad.
Y si prefieres atmósferas más intensas, te gustarán los cuentos espiritistas de Amalia Domingo Soler.

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